Crónica de una catástrofe anunciada: la sombra de Menem y De la Rúa

Por Horacio Torres
A pesar de la foto que ilustra estas líneas, mi intención no es hablar de la catástrofe política que se cierne sobre el actual presidente, sino sobre la catástrofe social que este personaje y su gobierno han desencadenado sobre la gran mayoría del pueblo argentino.
Recuerdo que el día de su asunción, 10 de diciembre de 2015, vino a cenar a casa un amigo, radical de toda la vida, hoy devenido en macrista ultra. “¿Y?, ¿tenés alguna expectativa?”, me preguntó. Recuerdo que le respondí: “No. Si le va bien como a Menem, va a destruir todo. Y si le va mal como a De la Rúa, va a destruir todo”.
Y así ocurrió. Macri fue destruyendo y precarizando el empleo, arrebatando derechos a los jubilados, quitando pensiones por discapacidad, incrementando la pobreza, desmantelando la ciencia, concentrando el ingreso, relegando la educación y abandonando la salud pública en los momentos en que parecía que le iba bien como a Menem, y continúa haciéndolo hoy, cuando parece que le va mal como a De la Rúa.
Más allá del “éxito” que obtengan los gobiernos antipopulares, sus consecuencias son siempre nefastas para los sectores populares. Es casi matemático. Aunque es, sobre todo, político.
A la corta o a la larga, no puede haber bienestar para el pueblo cuando hay un gobierno que toma todas las medidas posibles para transferir recursos de los que menos tienen hacia los que más ganan, evaden y fugan.
No puede haber bienestar para el pueblo cuando hay un gobierno que privilegia la especulación sobre la producción y el trabajo. No puede haber bienestar para el pueblo cuando el Estado está en manos de quienes durante décadas se dedicaron a saquearlo.
Por eso no había razón para esperar otra cosa que este enorme retroceso económico y social que arroja a millones de argentinos a la miseria y la desesperación. Por eso era imposible que el macrismo trajera algo bueno: porque su razón de ser es la ganancia de unos pocos a costa de todo el resto.
Por eso estamos, en definitiva, ante una catástrofe anunciada. Una catástrofe que nos demandará un esfuerzo titánico para recomponer lo dañado y nos deja un dolor inmenso por lo irrecuperable.
